Dos pescadores y una Ilusión

Yosemar Rodríguez, uruguayo, de Rocha, albañil, era padre de cuatro hijos.
Aficionado a la pesca como el que más, habitualmente practicaba su hobbie en
el muelle del puerto de La Paloma, aunque algunas veces optaba por hacerlo en
la playa de La Balconada o en el pesquero de La Pedrera, siempre con el mate
como compañero, pero ocasionalmente se le deslizaba una grappamiel (1), sobre
todo en los fríos domingos de invierno.


Por esos tiempos vivía al día, como lo hizo prácticamente desde que dejó de ser
un niño y tuvo que salir a ganarse la vida. No le faltaba nada, pero tampoco le
sobraba, ni podía permitirse demasiados lujos, porque no dejaba de pelear cada
jornada por el sustento de su familia, solamente con su trabajo.


Extremadamente flaco, los pliegues asentados en sus mejillas sugerían que lo
fue toda su vida. A sus 54 años, morocho y con la piel bien curtida, exhibía una
larga cabellera ya un poco gris y siempre descuidada, junto con una barba
entrecorta, producto de varios días sin tocarla.


Carlos María Iberguren, uruguayo, de Maldonado, estanciero, era padre de tres
hijos y el socio principal de una agroindustria, además de ser el dueño de una
importadora de insumos agropecuarios.


Su familia tenía un vasto campo en las inmediaciones de San Carlos, que
compartía con sus dos hermanos, Rafael y Margarita. Pero el campo estaba
arrendado desde el fallecimiento de su padre dos décadas atrás. Desde ese
momento, aprovechando la herencia recibida, comenzó con sus negocios, los
que lo independizarían de su familia, al tiempo que lo alejaban de su terruño para
afincarse en Montevideo. Era un hombre de campo en la ciudad, algo que al
principio le costó mucho pero ahora tenía completamente incorporado.
Se veía rubio, antes de manera natural, pero ahora con ayuda de la tinta que
retrasaba, al menos en apariencia, el paso del tiempo. Sus rosadas mejillas
traslucían una historia de vida bien llevada, cómoda. Su barba entrecorta,
prolijamente retocada a diario, completaba un rostro que no era demasiado
expresivo.


Era muy aficionado a la navegación y, por añadidura, a la pesca. Sin ser gordo,
a sus 63 años tenía un leve sobrepeso con el que luchaba desde hacía siete
años, entre dietas y gimnasio, a veces ganando, otras perdiendo.
El valor de su yate no lo sabía. Lo había comprado cinco años atrás por 850000
dólares. Con todas las mejoras que le había hecho, sumadas a la desvalorización
de la moneda norteamericana, el propio Carlos tenía la certeza de que ya estaría
valiendo bastante más que la suma de la inversión original y los costos
agregados.


Sus largas jornadas de pesca siempre estaban regadas de algún single malt
scotch whisky, allí donde tiraba las líneas después de salir del puerto de Punta
del Este. Pero la mayoría de las veces, sobre todo en primavera y verano, hacía
una parada en la costa oeste de la Isla Gorriti, para pasar el día, antes de
continuar mar adentro, durante la tardecita, para adentrarse propiamente en la
jornada pesquera.


El rochense nunca había tenido la oportunidad de pescar embarcado, el
fernandino (2), si bien algunas veces lo había hecho desde tierra, no lo disfrutaba,
le parecía muy aburrido.


Yosemar pescaba de todo, bagres, pescadillas, brótolas y fundamentalmente la
corvina blanca. Años de experiencia le habían enseñado cómo recoger la línea
una vez que hubiera picado la corvina. No debía tirar demasiado, ya que la
cabeza de la corvina es muy suave como para cincharla bruscamente. El recoger
el hilo era todo un arte, tenía que hacerlo con paciencia, ajustando el freno
despacio, a baja potencia. Tampoco quería que el animal nadara demasiado
después del pique, por lo que se concentraba para hacer un trabajo lento, pero
sin pausa.


En alguna ocasión se aventuraba a la barra de la laguna de Rocha para buscar
la corvina negra.


Para la pesca de corvinas, disponía de una caña relativamente buena, de 3,90
metros, pero tenía un reel frontal, que no le ayudaba tanto en el combate como
uno rotatorio, y menos por no ser de alta performance. Esta dificultad la
compensaba con una excelente técnica de lance que había adquirido con la
práctica, a partir de los primeros consejos recibidos hace tantos años de su tío
Beto.


Carlos se especializaba casi exclusivamente en la brótola, a la que iba a buscar
en las inmediaciones de Punta Ballena. Conocedor de su oponente, sabía que,
por tener una boca muy grande, y estar armada de unos bigotones muy
sensibles, la brótola se daba el lujo de probar la carnada, antes de tomarla
sutilmente. Esto obligaba al pescador a dejar que el pez coma sin moverle la
carnada. Su ansiedad le había hecho perder muchas presas, pero ahora ya
podía considerarse un pescador paciente, lo suficiente como para esperar que
el pez coma bien, antes de pegarle el tirón. También debía estar atento a los
aflojes de la línea, que en principio le indicaban que ya había comido, pero
Carlos, para asegurarse, tensaba nuevamente la línea, y esperaba un ratito más,
para solamente recoger una vez que estuviera cerciorado del pique.


Si Yosemar estaba acostumbrado a cobrar por su trabajo y gastar el dinero,
aunque no le gustara dilapidarlo, Carlos había sido criado bajo normas que
establecían el ahorro como una actitud frente a la vida. Lo que no se ahorraba,
se invertía, lo que significaba una diferencia sustancial con lo que se gastaba.
Esta política conservadora le posibilitó amasar la fortuna que hoy le permitía vivir
bien, sin privarse de nada, ni él ni su familia. Pero, al igual Yosemar, él tampoco
dilapidaba el dinero. Sin embargo, era el rochense a quien le costaba menos
incurrir en gastos que estuvieran fuera de presupuesto. Carlos manejaba sus
finanzas personales de la misma forma que las de sus empresas: con un estricto
control de todos los gastos.


Y en el deseo de ambos hombres, siendo tan diferentes, coincidía un complejo
reel de pesca japonés cuyo costo no bajaba de los 1600 de la moneda
norteamericana. Sin duda que el nivel tecnológico, respaldado por la marca de
primera línea, también famosa por su especialización en engranajes y
dispositivos para bicicletas, hacían que el precio, que podía parecer elevado,
estuviera más que justificado.


Sólido, liviano y cómodo, el fabricante lo promocionaba como el compañero ideal
para los pescadores big game (3) más exigentes. La estructura y la bobina
confeccionadas en aluminio forjado en frío le daban la dureza y ligereza
necesarias para afrontar las presas más difíciles. Rodamientos de bolas con
engranajes de dos velocidades en un sistema que se patentó con un nombre en
inglés que Yosemar nunca entendió, ni sabía pronunciar, y a Carlos le parecía
un detalle de marketing. Uno de los puntos fuertes era el carrete, de lo más veloz
en el mercado internacional. Se sumaban al diseño la manivela, muy suave al
tacto, con pomos de elastómeros (4). Todo esto aseguraba el mayor agarre y la
mejor comodidad, así como la resistencia requerida para la lucha ante la presa
más competitiva. En pocas palabras, un chiche.


Quizás ninguno de los dos necesitaba algo tan perfeccionista. Quizás se
estuvieran excediendo de los requerimientos aconsejables para combatir sus
respectivas presas. Y, también quizás, algunas veces, el exceso de posibilidades
del aparato les iba a jugar en contra. Pero era indudable que ambos querían ese,
exclusivamente ese.


Para Yosemar era el sueño de su vida. Siempre había pescado con reeles
comunes y baratos, como su presupuesto se lo permitía. Sin embargo, hacía un
tiempo bastante largo que esta belleza se le había puesto entre ceja y ceja. Este
instrumento fue el primer bien material que lo motivó a dejar su costumbre de
cobrar y gastar automáticamente. Fue generando el hábito de guardar algo del
producido de cada trabajo a efectos de alcanzar la compra. Por intuición, todo
peso que juntaba lo convertía a dólares y los guardaba en una pequeña caja
verde de herramientas, a la que aseguraba con un candado.


Si bien hacía poco más de un año que había llegado a juntar el precio con sus
ahorros, los que por entonces totalizaban 1200 de los verdes, tuvo que continuar
ahorrando un tiempo más, porque al alcanzar el precio original, éste ya había
trepado 400 más. Este mes, con un trabajo extraordinario, por fin sus ahorros
habían ganado la ya histórica carrera contra la suba de precios del bendito reel.
Y este logro fue a consecuencia del primer trabajo que habría de afrontar con el
equipo familiar, ya que sus dos hijos varones se incorporaban como peones. No
quería hablar de emprendimiento, simplemente comentaba que, a sus brazos, se
sumaban los de sus hijos. Y el nuevo encargo consistía en levantar la barbacoa
nueva para la casa de la familia Iberguren en Punta Gorda. Con este trabajo
pudo completar el pago en efectivo del aparejo, con dólares billete sobre la mesa,
algunos «caras chicas» y otros de los nuevos, con la cara grande de Mr.
Benjamin.


Sus años de experiencia, primero en empresas constructoras, más muchísimas
changas, se habían ido completando con reformas trabajadas para un joven
arquitecto, mientras empezaba en paralelo con algunos pequeños trabajos por
cuenta propia. Ahora, con esta barbacoa, le llegaba su primer gran trabajo
independiente, el que coronaba ocho años de ahorros para el reel y le daba el
impulso final que requería su conquista. También representaba el primer trabajo
en Montevideo, que, si bien le resultaba algo incómodo, lo compensaba con el
precio que podía cobrar por su trabajo.


Por el contrario, cuando Carlos fue a buscar el reel, no había preguntado el
precio. Al pagarlo en la caja con su tarjeta de crédito le pareció un despropósito,
sentía como si lo estuvieran robando. Su mente solo procesaba todo lo que él se
había matado trabajando durante tantos años para que los japoneses y los
intermediarios se llevaran una tajada tan grande de su esfuerzo. El maldito reel
le daría ciertamente mejores prestaciones a la hora de pescar, pero
innegablemente le permitiría superar a Esteban, su gran amigo y rival, con el que
habitualmente salían juntos a pescar, casi siempre en alguno de los dos yates y
muy pocas veces cada uno en el propio.


Curiosamente, había sido Yosemar quien le había hablado a Carlos de la
existencia de ese modelo de reel en particular, en una de las pocas situaciones
en que coincidieron, mientras el primero estaba trabajando en la barbacoa del
segundo. El disparador de esa conversación fue una caña de pescar que a
Yosemar le pareció espléndida, demasiado como para estar arrumbada en el
galpón del fondo de la casa del estanciero, donde entonces él estaba
construyendo el nuevo templo de los asados.


Y en ese momento, por un mero objeto material, aunque muy sofisticado, ambos
caminos de vida se juntaban tras un mismo objetivo.


¿Cómo podía ser que un trabajador tan humilde, cuyas principales herramientas
eran sus dos brazos, sus dos piernas y su lomo, se permitiera comprar un
aparato tan refinado y tan tecnológicamente perfeccionado?
¡Cuán sencillo le resultaba al empresario hacerse una escapada para buscar su
trofeo! Sin embargo, debía distraer su tiempo y su dinero de otros destinos tal
vez más productivos.


Con tres días de diferencia, los dos pescadores fueron a buscar, a la misma
tienda náutica ubicada muy cerca del puertito del Buceo, el mismo modelo de
reel. El del albañil era rojo explosivo, el del estanciero de un azul más sobrio, en
todo lo demás, eran idénticos.


Para el rochense, los billetes entregados suponían el único excedente
económico que había logrado en toda su vida. Pero también el reel era el primer
lujo que se daba, el primer premio que obtenía de todo el esfuerzo acumulado,
no solo en los ocho años de ahorro sino desde siempre. El anhelado objeto era
su trofeo personal. Su pecho, por fin explotaba de alegría.


Mientras, el fernandino seguía pensando, y sufriendo, más en el cargo contra su
tarjeta que en el producto recibido. Si bien también de alguna manera el reel era
un trofeo, lo era más que nada para ser exhibido, para confirmar su estatus, pero
no dejaba de significar una obligación que debía completar, un costo molesto.
El albañil había consumido el sacrificio de ocho años de vida, el estanciero, no
más que una ínfima parte de la rentabilidad que sus inversiones generaron
durante el último trimestre. Sin embargo, la alegría de Yosemar era exuberante,
la bronca de Carlos María, severa, irremediable…


(1) Grappamiel: bebida popular uruguaya, producto de la mezcla de grappa y miel de abeja
(2) Fernandino: gentilicio del departamento de Maldonado, principalmente de su capital, San Fernando
de Maldonado.
(3) Big game: La pesca de mayor envergadura, en la que los pescadores van tras presas grandes y
pesadas.
(4) Elastómeros: compuestos químicos elásticos y resistentes, sin presencia de metales.

Autor: Gabriel Barrella Rosa
Montevideo, Uruguay
Derechos reservados de autor.

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