EL BRINDIS

La poesía nunca estuvo ausente de los rituales humanos. Uno de estos, el brindis, nos llega desde épocas remotas con una vigencia que pocas ceremonias pueden ostentar. No son pocos los ritos de la antigüedad que se han perdido a través de la evolución humana y hoy solo observamos como hechos históricos que nos causan hilaridad por estar fuera de contexto o verdadero terror por el salvajismo que conllevaban.
En el monte Olimpo, Dionisos, el dios del vino, pidió a sus invitados que chocaran las copas para que el vino llegara a todos sus sentidos. En la Antigua Grecia y Roma, se derramaba vino como ofrenda a los dioses y a los muertos. En China, el anfitrión invitaba a sus comensales a vaciar las copas diciendo “ging-ging”, que significa “por favor”. En Alemania, los mercenarios de Carlos V, conocidos como lansquenetes, pronunciaban “bring dir’s”, que significa “te lo ofrezco”, tras saquear Roma.
Y hoy el brindis no distingue de clases sociales, económicas ni rangos de edades. Con alcohol o sin alcohol está presente en casi todas las reuniones o juntadas de gente joven o anciana.
Eso, sí, para brindar se necesitan al menos dos. Es quizás este concepto social que exige la presencia de dos brindantes, lo que me llevó a escribir el poema LXXXI de “Plegarias en penumbra” – “Sin brindis”, para definir la soledad del hombre que lucha ante los ángeles y demonios.

Demonio, con cuernos quebrados,
que portas tridente sin filo en las puntas,
apenas vas rosado y tu cola es rabona
pero tu sombría presencia no asusta,
solo me desorienta en tu noche.
Me espanta tu risa estridente,
me asombra tu argucia
pero no trago tu fraude,
tu fealdad y tus tormentas
no me aíslan.
No mientas mis ansias
que no amenazas mi camino…

Ángel, que estás con las alas abiertas,
que tus rizos de un rubio brillante,
yo apenas digiero de mustio ceniza,
tu fulgor, con tu risa amigable,
tan solo encandila mi día.
No me conmueve tu calma belleza,
me asusta tu paz,
me incomoda tu gracia.
Tu lozanía y tu bonanza
no me amparan.
No mientas mis credos
que no riges mi destino…

No me ofrezcan verdades,
no insinúen certezas,
vuestra lucha es mi pelea,
si tan solo voy marchando
las tinieblas de mi ignorancia
a través de la penumbra
de mis dudas,
de mis preguntas.
La media luz de mis propias respuestas
me hace beber mis culpas,
sin brindis,
solo yo, conmigo…

Y al momento de mencionar a los clásicos es evidente la trascendencia del brindis a lo largo de la historia. Los grandes maestros de la poesía van a usar la metáfora del brindis para expresar la unión entre dos cosas, generalmente hermosas.

Aquí va una pequeña muestra.


“Entre las soledades, don Francisco” (fragmento), de Lope de Vega.

Enternecido yo (piedad humana),
mas si queréis que os cuente alguna cosa
sabed que lo soñaba esta mañana,
cuando el rocío del aurora hermosa
en copa de cristal teñida en grana
con brindis al jazmín, bebió la rosa.

”Jerez y Rhin” (fragmento) de Manuel del Palacio

Para curarme el esplín
los tomo más de una vez:
¡Rico vino es el Jerez!
¡Buena bebida es el Rhin!
Los dos, usados con calma,
dan, triunfando del dolor,
al cuerpo nuevo vigor,
nueva juventud al alma.
Y ambos, en igual porfía,
después de darnos solaz,
brindan al que duerme, paz,
y al que trabaja, alegría.
Hay quien con mala intención

“Brindis” (fragmento), de Manuel del Palacio

Ni yo brindé jamás con vino blanco,
Ni se me ocurren versos cuando trinco,
Ni hago otra cosa que beber por cinco
Y ser cual siempre bullicioso y franco.

“La voz del espejo” (fragmento), de César Vallejo

Van al pie de brahmánicos elefantes reales,
y al sórdido abejeo de un hervor mercurial
parejas que alzan brindis esculpidos en roca
y olvidados crepúsculos una cruz en la boca.

“Yuyos secos” (fragmento), de José Alonso y Trelles

Que cuando al alba salía a la puerta
Brindando el beso de su boca roja,
Dende el palenque mi overo, alerta,
La saludaba con la coscoja…

“Adiós al vino” (fragmento), de Pedro Antonio de Alarcón

Arrepentido estoy de haber hollado,
vate indigno, con planta entorpecida,
el laurel inmortal y el áurea ropa…
¡Néctar fatal!, licor envenenado,
acepta, al recibir mi despedida,
el brindis postrimer… ¡Llenad mi copa!

“Brindis”, de José Ángel Buesa

He aquí dos rosas frescas, mojadas de rocío:
una blanca, otra roja, como tu amor y el mío.
Y he aquí que, lentamente, las dos rosas deshojo:
la roja, en vino blanco; la blanca, en vino rojo.
Al beber, gota a gota, los pétalos flotantes
me rozarán los labios, como labios de amante;
y, en su llama o su nieve de idéntico destino,
serán como fantasmas de besos en el vino.
Ahora, elige tú, amiga, cuál ha de ser tu vaso:
si éste, que es como un alba, o aquél, como un ocaso.
No me preguntes nada: yo sé bien que es mejor
embriagarse de vino que embriagarse de amor…
Y así mientras tú bebes, sonriéndome así,
yo, sin que tú lo sepas, me embriagaré de ti…

“Último brindis” (fragmento), de Nicanor Parra


Las cartas por jugar
son solamente dos:
el presente y el día de mañana.
Y ni siquiera dos
porque es un hecho bien establecido
que el presente no existe
sino en la medida en que se hace pasado
y ya pasó…,
Como la juventud.
En resumidas cuentas
sólo nos va quedando el mañana:
yo levanto mi copa
por ese día que no llega nunca
pero que es lo único
de lo que realmente disponemos.

«A Dorila, oda VI» (fragmento), de Juan Meléndez Valdés

Ven, ¡ay!, ¿qué te detienes?
ven, ven, paloma mía,
debajo de estas parras
do lene el viento aspira;
y entre brindis süaves
y mimosas delicias
de la niñez gocemos,
pues vuela tan aprisa.

“La siesta” (fragmento), de Francisco Sosa Escalante-

Tras el regio festín de la mañana
De aromas, y de luz, y de armonías,
Parece que á tan dulces alegrías
Natura, tregua, por brindar se afana.

“Las tres musas últimas castellanas”, soneto 83, de Francisco de Quevedo —

De los misterios a los brindis llevas,
¡oh! Baltasar, los vasos más divinos,
y de los sacrificios a los vinos,
porque injurias de dios, profano, bebas.
¡Qué a difamar los cálices te atrevas,
que vinieron del templo peregrinos,
juntando a ceremonias desatinos
y a ancianos ritos tus blasfemias nuevas!
después de haber, sacrílego, bebido
toda la edad a Baco en urna santa,
mojado el seso y húmedo el sentido,
¿ver una mano en la pared te espanta,
habiendo tu garganta merecido,
no que escriba, que corte tu garganta?

Y para finalizar, va el cierre de un poema del contemporáneo Nicolás Alberte, el numero 2 de “He venido a brindar conmigo mismo”, que rompe con la necesidad de los dos brindantes o, más bien, el sujeto se desdobla en dos personas que brindan consigo.

Que quede claro, dijo:
si no existieran las palabras,
literalmente no habría vino
ni copa
……………………..ni brindis.

Nota: La imagen pertenece a “El triunfo de Baco”, de Velázquez en el Museo del Prado, Madrid.

Espero volver a verte por aquí… 

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