La espera, junto con la incertidumbre de lo que vendrá, genera esa sensación de esperanza tan fuerte que representa una acción poética en sí misma.
En el primer poema, ya en la primera estrofa de mi “Soy el silencio”, estoy abriendo el poemario con ese sentimiento, marcado por una fuerte aliteración: “aspira-espera-expresar”.
Soy ese silencio que habita en nosotros,
que aspira en su espera poder expresar
tantas cosas muy simples a amigos y otros
que entiendan mi voz que es tan solo mirar.
Sentimiento que abunda en todo ese libro, pues ya en el poema III se asocia a la búsqueda con la esperanza,
Buscar es como vivir de la esperanza,
es beberse toda la fe hasta el hartazgo,
no desesperar con temprana tardanza,
enloquecer de alegría en cada hallazgo.
En “La poesía es un atentado celeste” (fragmento), Vicente Huidobro está esperando por él mismo, por su vuelta, por el rencuentro con lo que quizás una vez fue,
Yo estoy ausente pero en el fondo de esta ausencia
Hay la espera de mí mismo
Y esta espera es otro modo de presencia
La espera de mi retorno
Yo estoy en otros objetos
Ando en viaje dando un poco de mi vida
A ciertos árboles y a ciertas piedras
Que han esperado muchos años
Se cansaron de esperarme y se sentaron
“La esperanza” (fragmento), de Alberto Lista, nos la muestra como la forma de disipar las penas,
Dulce esperanza, del prestigio amado
pródiga siempre, que el mortal adora,
ven, disipa piadosa y bienhechora
las penas de mi pecho acongojado.
“Última necat” (fragmento), de Manuel Gutiérrez Nájera, nos describe claramente la espera de lo que ya se fue, una espera resignada, consciente de esperar el tiempo que no habrá de volver.
¡huyen los años como raudas naves!
¡rápidos huyen! infecunda parca
pálida espera. La salobre estigia
calla dormida.
¡Voladores años!
Eduardo Milán en su poemario “Por momentos la palabra entera”, en un fragmento de uno de sus poemas nos muestra su propia espera, en medio de sus propios conflictos, como la espera de sus seres queridos, sus hijos, su mujer, quizás esperando por él.
No consigo estar de acuerdo conmigo:
Dudo, titubeo. ¿Qué debo decir que esté conmigo
De corazón, no tanto de lenguaje?
Es que el lenguaje es tanto. Y mientras
Al costado mi hijo espera,
Al costado mi hijo espera,
Al costado mi hija espera,
Pacientemente al costado mi mujer espera:
Son tres hijos y mi mujer al costado del poema,
Al costado de mi desacuerdo conmigo.
En este fragmento de “¡Parábola!” de Líber Falco la calma sobresale al cualificar la espera,
Es de noche y la ciudad dormida,
duerme.
Y el mar espera.
Y la noche espera.
Y en el cielo una sola estrella
sola espera.
Mientras Alfonsina Storni trata de buscar la alegría en este fragmento de su “Fiesta”,
Visten de azul, de blanco, plata, verde…
Y la mano pequeña, que se pierde
Entre la grande, espera. Y la fingida,
Vaga frase amorosa, ya es creída.
Hay quien dice feliz: -La vida es bella.
Hay quien tiende su mano hacia una estrella
Y la espera con dulce arrobamiento.
En “El puente”, Mario Benedetti encuentra la razón de cruzarlo, en que alguien está esperando por él, aunque la construcción del poema sugiere que es todo lo que espera por él.
Para cruzarlo o para no cruzarlo
ahí está el puente
en la otra orilla alguien me espera
con un durazno y un país
traigo conmigo ofrendas desusadas
entre ellas un paraguas de ombligo de madera
un libro con los pánicos en blanco
y una guitarra que no sé abrazar
vengo con las mejillas del insomnio
los pañuelos del mar y de las paces
las tímidas pancartas del dolor
las liturgias del beso y de la sombra
nunca he traído tantas cosas
nunca he venido con tan poco
ahí está el puente
para cruzarlo o para no cruzarlo
yo lo voy a cruzar
sin prevenciones
en la otra orilla alguien me espera
con un durazno y un país.
César Vallejo cierra su poema “Guitarra” con este tramo alusivo a las esperanzas:
El placer de sufrir,
de esperar esperanzas en la mesa,
el domingo con todos los idiomas,
el sábado con horas chinas, belgas,
la semana, con dos escupitajos.
El placer de esperar en zapatillas,
de esperar encogido tras de un verso,
de esperar con pujanza y mala poña;
el placer de sufrir: zurdazo de hembra
muerta con una piedra en la cintura
y muerta entre la cuerda y la guitarra,
llorando días y cantando meses.
En este fragmento de “Anillos de ceniza”, Alejandra Pizarnik yace la noción de calma resignada, esperando por las palabras que aparecen en la noche.
Hay, en la espera,
un rumor a lila rompiéndose.
Y hay, cuando viene el día,
una partición de sol en pequeños soles negros.
Y cuando es de noche, siempre,
una tribu de palabras mutiladas
busca asilo en mi garganta
para que no canten ellos,
los funestos, los dueños del silencio.
Y para finalizar, uno de los consejos del gaucho Martín Fierro a sus hijos, de la pluma de José Hernández.
Su esperanza no la cifren
nunca en corazón alguno;
en el mayor infortunio
pongan su confianza en Dios;
de los hombres, sólo en uno,
con gran precaución, en dos.
Nota: La imagen pertenece al cuadro “La esperanza”, de George Frederic Watts.
Espero volver a verte por aquí…

Magnífico
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Querido Gabo,
Te sigo leyendo, por ahí no siempre comento, porque tal vez sea por incapacidad de dar un Feedback, sobre este arte que no domino nada, pero como siempre te digo valoro mucho que mi amigo se esté dando este placer y encima con reconocimiento internacional, estoy seguro que no deben ser muchos los poetas uruguayos que figuran internacionalmente. Felicitaciones y un abrazooooo. Wa
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