La lucha interna del ser humano, lo bueno en oposición a lo malo, los ángeles y los demonios, con su connotaciones religiosas, pero también desde el lado de la introspección, tiene un rico lugar dentro de la historia de la poesía.
Hoy te traigo el tema de los demonios y, para comenzar, el poema XLIX de mi libro “Plegarias en penumbra”:
En mi mente se acurruca algún demonio
siempre dispuesto a quedarse a disfrutar,
la tertulia en que me pudiera obligar
a someterme con él en matrimonio.
Se presenta casi en tono indiferente.
Se juega, cual sabedor de su trofeo,
pues muy doblegado, yo ya ni peleo
y mi voluntad me arrebata insolente.
Me conoce como mi mejor amigo,
busca percibiendo por donde me encuentra,
su mezquino afán, erudito concentra
solo humillarme como cruel enemigo.
Aparece queriendo imponer su juego
sin que lo sostengan ni tenues razones,
efusivo arremete con empellones,
sin darme el espacio para algún sosiego.
No quisiera permanecer poseído
a sabiendas que no habrá ángel ni credo
apto para desanudar este enredo
del que sólo yo, impotente, no he salido.
Espero no acechen los bravos infiernos,
mi temor sólo es el sufrir terrenal;
mi escape, aunque sea un juego mental,
me sabrá alejar de los fuegos eternos.
Y también del mismo poemario, el LXXXI donde sí explota la lucha contra los ángeles:
Demonio, con cuernos quebrados,
que portas tridente sin filo en las puntas,
apenas vas rosado y tu cola es rabona
pero tu sombría presencia no asusta,
solo me desorienta en tu noche.
Me espanta tu risa estridente,
me asombra tu argucia
pero no trago tu fraude,
tu fealdad y tus tormentas
no me aíslan.
No mientas mis ansias
que no amenazas mi camino…
Ángel, que estás con las alas abiertas,
que tus rizos de un rubio brillante,
yo apenas digiero de mustio ceniza,
tu fulgor, con tu risa amigable,
tan solo encandila mi día.
No me conmueve tu calma belleza,
me asusta tu paz,
me incomoda tu gracia.
Tu lozanía y tu bonanza
no me amparan.
No mientas mis credos
que no riges mi destino…
No me ofrezcan verdades,
no insinúen certezas,
vuestra lucha es mi pelea,
si tan solo voy marchando
las tinieblas de mi ignorancia
a través de la penumbra
de mis dudas,
de mis preguntas.
La media luz de mis propias respuestas
me hace beber mis culpas,
sin brindis,
solo yo, conmigo…
Y al momento de pasar a los clásicos no van a faltar Machado, Lope de Vega, Mistral, Cernuda o Neruda, entre tantos otros. Va aquí una selección:
“Y era el demonio de mi sueño, el ángel”, de Antonio Machado
Y era el demonio de mi sueño, el ángel
más hermoso. Brillaban
como aceros los ojos victoriosos,
y las sangrientas llamas
de su antorcha alumbraron
la honda cripta del alma.
-¿Vendrás conmigo? -No, jamás; las tumbas
y los muertos me espantan.
Pero la férrea mano
mi diestra atenazaba.
-Vendrás conmigo… Y avancé en mi sueño,
cegado por la roja luminaria.
Y en la cripta sentí sonar cadenas,
y rebullir de fieras enjauladas.
“Como una vela sobre el mar”, de Luis Cernuda
Resume ese azulado afán que se levanta
hasta las estrellas futuras,
hecho escala de olas
por donde pies divinos descienden al abismo,
también tu forma misma,
ángel, demonio, sueño de un amor soñado,
resume en mí un afán que en otro tiempo levantaba
hasta las nubes sus olas melancólicas.
Sintiendo todavía los pulsos de ese afán,
yo, el más enamorado,
en las orillas del amor,
sin que una luz me vea
definitivamente muerto o vivo,
contemplo sus olas y quisiera anegarme,
deseando perdidamente
descender, como los ángeles aquellos por la escala de espuma,
hasta el fondo del mismo amor que ningún hombre ha visto.
“Ir y quedarse, y con quedar partirse”, de Lope de Vega
Ir y quedarse, y con quedar partirse,
partir sin alma, e ir con alma ajena,
oír la dulce voz de una sirena
y no poder del árbol desasirse;
arder como la vela y consumirse,
haciendo torres sobre tierna arena;
caer de un cielo, y ser demonio en pena,
y de serlo jamás arrepentirse;
hablar entre las mudas soledades,
pedir prestada sobre fe paciencia,
y lo que es temporal llamar eterno;
creer sospechas y negar verdades,
es lo que llaman en el mundo ausencia,
fuego en el alma, y en la vida infierno.
El papagayo (fragmento), de Gabriela Mistral
El papagayo verde y amarillo,
el papagayo verde y azafrán,
me dijo «fea» con su habla gangosa
y con su pico que es de satanás.
Al jorobado (fragmento), de Leopoldo Lugones
Sabio jorobado, pide a la taberna,
Comadre del diablo, su teta de loba.
El vino te enciende como una linterna
Y en turris ebúrnea trueca tu joroba,
Porque de nodriza tuviste una loba
Como los gemelos de Roma la Eterna.
San Miguel Arcángel (fragmento), de Dulce María Loynaz
Arcángel San Miguel,
con tu lanza relampagueante
clava a tus pies de bronce
el demonio escondido
que me chupa la sangre…
Soneto LIV Cien sonetos de amor (fragmento), de Pablo Neruda
Espléndida razón, demonio claro
del racimo absoluto, del recto mediodía,
aquí estamos al fin, sin soledad y solos,
lejos del desvarío de la ciudad salvaje.
Predestinados (fragmento), de Rosalía de Castro
Un mal espíritu, algún demonio
de cuantos hay el más cruel
ha presidido su nacimiento
y oculto guía siempre su pie
hacia los bordes de la alta sima
a ver si puede verle caer.
Nacimiento de Cristo (fragmento), de Federico García Lorca
¡Ya vienen las hormigas y los pies ateridos!
Dos hilillos de sangre quiebran el cielo duro.
Los vientres del demonio resuenan por los valles
golpes y resonancias de carne de molusco.
Amor prohibido (fragmento), de César Vallejo
Subes centelleante de labios y ojeras!
Por tus venas subo, como un can herido
que busca el refugio de blandas aceras.
Amor, en el mundo tú eres un pecado!
Mi beso es la punta chispeante del cuerno
del diablo; mi beso que es credo sagrado!
El labrador (fragmento), de Julio Herrera Reissig
Cual si pluguiese al diablo -vaya un decir- engorda
el granero vecino con la triple cosecha…
Y aunque él jura y zuequea, esta arcilla maltrecha
sigue siendo madrastra o que realmente es sorda…
Diablo, demonio, Satanás o Mefistófeles desde siempre inspiró a los grandes poetas.
En una próxima entrega vendrá algo sobre los ángeles.
NOTA: La imagen corresponde a la pintura “El aquelarre” de Francisco de Goya.
Espero volver a verte por aquí…
