LA PERTENENCIA

En “Soy el silencio”, el poema XX tiene una clara estructura de estrofas marcadas por un verso inicial “No pertenezco”. Esta repetición sistemática del primer verso inicial no es más que la figura literaria la anáfora, sobre la cual te he comentado en las entradas pasadas “Figuras literarias (I y II)”.


En este caso, la no pertenencia a ninguna de los lugares ni tiempos que describen los tres versos siguientes de cada estrofa, marca una sensación de libertad y ausencia de ataduras, sobre todo a los lugares comunes.

No pertenezco
a ese sitio que el destino me ubicó,
ni a los lugares que el hombre edificó,
si de rígidas raíces yo carezco.

No pertenezco
al mañana, ni al ayer, tampoco al hoy,
ni aún siquiera al instante donde estoy,
por pescarlo, día a día desfallezco.

No pertenezco
a la raza que la herencia me legó,
ni a este cuerpo que la vida me entregó,
si yo mismo dudo ser lo que parezco.

No pertenezco
a una casta en donde puedan colocarme,
ni a un estrato donde quieran avaluarme,
como casi todos, soy lo que merezco.

No pertenezco
a la vida, a la muerte o desesperanza,
ni al éxito, el descalabro o la confianza,
si bien a menudo, ante ellos, me estremezco.

No pertenezco,
porque mi afán es volar sin ataduras,
persiguiendo algún lugar en las alturas,
tan sólo por eso, yo no pertenezco.

Al momento de citar a los clásicos, me viene a la mente un fragmento de “Jardín de invierno“ de Pablo Neruda, quien justamente fija la pertenencia en la tierra y el invierno, el espacio y el tiempo:

Llega el invierno. Espléndido dictado
me dan las lentas hojas
vestidas de silencio y amarillo.
Soy un libro de nieve,
una espaciosa mano, una pradera,
un círculo que espera,
pertenezco a la tierra y a su invierno.

La pertenencia al viento, que es quizás un poco la pertenencia a nada mostrada en mi poema XX, nos la alude José Ángel Buesa en un fragmento de su “Viejo lobo de mar”.

La tierra te rechaza, viejo lobo sediento,
pues ya, como las velas, perteneces al viento;
y la mujer desnuda que adorna tu tatuaje
hoy duerme con un hombre que no se va de viaje.

Así como del muy clásico Tomás de Iriarte (también célebre escritor de fábulas) con su poema “Del oro, como muchos, no dependo” donde la pertenencia la lleva al extremo de la dependencia.

Del oro, como muchos, no dependo,
Fabio, pues ni le guardo ni codicio;
ni dependo jamás del vulgar juicio,
pues dar a luz mis obras no pretendo.
Del sexo mujeril casi no pendo,
pues amo por placer, no por oficio;
y aun menos de la corte y su bullicio,
pues de fingir y de adular no entiendo.

Solamente dependo de la muerte,
ya que discurso no hay ni diligencia
que de su despotismo nos liberte.

Mas la espero sin miedo y con paciencia,
vivo sin desearla; y de esta suerte,
amigo, se acabó la dependencia.

Nota: La imagen corresponde al cuadro “El naufragio”, de Francisco de Goya.

Espero volver a verte por aquí…

POEMAS TRISTES

Ya te he comentado previamente que en “Soy el silencio” se produce una cadencia de sentimientos que acompañan el transcurso de todo el poemario. A través de distintas etapas, se van desgranando diversos estados del alma que van evolucionando desde la búsqueda, el camino hacia la caída y el despertar. Dentro del tramo que podemos identificar con la caída, la tristeza y la decepción, la frustración y el desconcierto son los ánimos prevalentes, cuyo punto más álgido se encuentra en el poema número XX, que a continuación te transcribo.

Hiela mi sangre reconocer que estoy vivo,
que no puedo siquiera dejarme dormir,
que a la pena creciente tan solo derivo,
que de esta vida no espero más que morir.

Las afrentas continuas que mi alma cascaron
no le cedieron paso ni a un breve interludio,
esperanzas, que alguna alegría insinuaron,
no pudieron siquiera pasar del preludio.

Hiela mi sangre el considerarme despierto,
con la mente predispuesta a un viaje al pasado,
el corazón en la mano, de ansias desierto,
lúcido tal vez para ver como he fallado.

Y enfrentar de a uno en uno mis muchos errores
no tiene el sentido como en otro momento,
en que mi ser luchaba por logros mejores,
pero que hoy ya percibo con sabor a cuento
.

Y en el momento de aludir a los maestros, por esta vez nos vamos a quedar solo con dos. Por emblemáticos, por conocidos, por sublimes.

Rubén Darío nos muestra la tristeza de una forma desgarradora, mostrando la felicidad en la ausencia de sentimientos, pronunciada en un vegetal y absoluta en la piedra. La tristeza que nos relata Pablo Neruda es claramente provocada por el desamor, coronando una serie exquisita de poemas de amor.

Darío y Neruda, la vida y la muerte, el amor y el desamor, la tristeza…

LO FATAL, de Rubén Darío, de Cantos de vida y esperanza.

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber a dónde vamos,
ni de dónde venimos!…

POEMA XX, de Pablo Neruda, de “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos.»

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que me causa,
y éstos sean los últimos versos que le escribo.

Nota: La imagen corresponde a “Anciano en pena (en el umbral de la eternidad)”, de Vincent van Gogh, 1890.

Espero volver a verte por aquí.

LA LITERATURA NO ES PARA ZALAMEROS Vol. II

Muy agradecido con Editorial Factótum de Buenos Aires, quienes me incluyeron en la reseña de cuentos y poemas latinoamericanos para 2021.

Acá pueden encontrar la publicación.

Espero volver a verte por aquí.

LA MEMORIA Y EL OLVIDO

Los humanos seguimos nuestra ruta de vida de distintas formas, algunos mirando hacia adelante y otros hacia atrás, pero lo cierto es que la perspectiva hacia el futuro se va a apoyar en la base de cómo hemos transcurrido nuestras etapas anteriores. Y aquí juega su rol ese archivo que es la memoria. Tan asombrosa como desconocida, ella nos permite identificar nuestra vida al punto tal que podemos ser definidos como nuestra memoria y nuestros sueños.

Los recuerdos, muchas veces tamizados por nuestra propia voluntad, han sido siempre contrapuestos a su enemigo natural, el olvido. Hay quienes, por una posición frente a la vida, optan por vivir de los recuerdos, casi glorificándolos, lo que compromete los desafíos futuros.

También está el tema de la permanencia de los recuerdos, el porqué del olvido. Hay recuerdos que buscan el olvido y hay olvidos que matan el recuerdo, ya sea por el `paso del tiempo, ya sea por la relevancia o por problemas de salud.

Pero, en definitiva, la poesía nunca fue ajena a esa mágica lucha entre recuerdos y olvido. Y, como te tengo acostumbrado, voy a comenzar con una muestra de mi poemario “Soy el silencio”, por lo que te comparto el poema XXVIII,

¿Qué sería yo si no tuviera memoria?

Si ella se apartara ni sabría quién soy.

Porque, aunque viviendo del mañana y del hoy,

estos se recuestan en mis años de historia.

Guardián natural de mis recuerdos queridos,

mantiene en mi ser las pasadas emociones

y al tener que afrontar noveles situaciones,

puedo comparar aconteceres vividos.

¡Qué apoyo leal que otro archivo no me entrega!

Imágenes cruzan como vistas ayer,

gente querida, que ya he dejado de ver

y en mi corazón cada vez más hondo llega.

El olvido es muy cruel porque siempre liquida,

es capaz de esconder en un soplo lo actuado,

prematura la muerte de aquel descuidado

que vive el presente pero pronto lo olvida.

Y sé que estás esperando a los clásicos, que en este caso va a venir con un muestreo abundante, por lo que me remitiré a compartirte segmentos de poemas de varios maestros.

No podía faltar el impresionante epitafio de Jorge Luis Borges, poema conocido como “Los enigmas “, que comienza con estos cuatro versos:

Ya somos el olvido que seremos.

El polvo elemental que nos ignora

y que fue el rojo Adán, y que es ahora,

todos los hombres, y que no veremos.

Otro ejemplo está en el poema “A la memoria del poeta gallego Aurelio Aguirre” de Rosalía de Castro, que comienza con estas rimas:

Lágrima triste en mi dolor vertida,

perla del corazón que entre tormentas

fue en largas horas de pesar nacida,

en fúnebre memoria convertida

la flor será que a tu corona enlace;

las horas de la vida turbulentas

ajan las flores y el laurel marchitan;

En “Reminiscencia”, la recientemente galardonada con el premio Cervantes, Cristina Peri Rossi invoca al olvido y la memoria,

No podía dejar de amarla porque el olvido no existe

y la memoria es modificación, de manera que sin querer

amaba las distintas formas bajo las cuales ella aparecía

en sucesivas transformaciones y tenía nostalgia de todos los lugares

en los cuales jamás habíamos estado, y la deseaba en los parques

donde nunca la deseé y moría de reminiscencias por las cosas

que ya no conoceríamos y eran tan violentas e inolvidables

como las pocas cosas que habíamos conocido.

Y ya que mencionamos a la actual ganadora del Cervantes, citemos también a Ida Vitale, su compatriota y ganadora del premio en 2018, quien  en su novísimo trabajo “Tiempo sin claves”, le dedica un espacio a la memoria, en el poema “El elefante del hoy”,

La memoria hacendosa pone en orden

los hilos, pero a veces algo falla

y el desabrido elefante del hoy

irrumpe a destrozar como en la selva

las ramas y se desgarra la trama

de la seda. Recuerda el obediente,

al sujetar su fe, soldado en lucha

contra su propio sueño, que hay olvido.

En “Me destierro a la memoria”, Miguel de Unamuno juega con la memoria, los recuerdos y el perderse en ellos, que es un poco olvidar el presente…

Me destierro a la memoria,

voy a vivir del recuerdo.

Buscadme, si me os pierdo,

en el yermo de la historia,

En su “Dolor”, Alfonsina Storni coquetea, de manera casi premonitoria, con el mar al cerrar el poema con estos versos.

Perder la mirada, distraídamente,

Perderla, y que nunca la vuelva a encontrar;

Y, figura erguida, entre cielo y playa,

Sentirme el olvido perenne del mar.

También este fragmento de “Memoria del tránsito”, de Luis Rosales:

Los sitios donde has estado

en la memoria los llevo

sólo para ver de nuevo

el rastro que allí has dejado;

la tierra que tú has pisado

vuelvo a pisar; nada soy

más que este sueño en que voy

desde tu ausencia a la nada.

Me hizo vivir tu mirada:

fiel al tránsito aquí estoy.

O la “Canción cada vez que mi memoria”, de Jorge Manrique, que empieza con estos versos:

Cada vez que mi memoria

vuestra beldad representa,

mi penar se torna gloria.

Mis servicios en victoria,

mi morir, vida contenta.

También es ilustrativo este pasaje de “Compañero de olvido” (dedicado a Juan Gelman), de Mario Benedetti, muy curios por el uso fantástico de la rima interna:

compañero de olvido en el olvido

estamos recordándonos sabiéndonos

solidarios sin nombre solitarios

de a uno o en montón pero insepultos

compañero de olvido no te olvido

En “Muerte del olvido”, de Meira Delmar, suenan estos versos, aparentemente contradictorios, en los que la poetisa intenta mostrar sus recuerdos con la paradoja de que “al olvido se le borraron las palabras”…

Se me murió el olvido

de repente.

Inesperadamente,

se le borraron las palabras

y fue desvaneciéndose

en el viento.

En su “Pasar”, Idea Vilariño muestra la desesperanza del abandono que implica el olvido :

Quiero y no quiero

espero

y no

y desespero

y por veces aparto

con todo olvido todo abandono toda

felicidad

Y para finalizar, reitero a don Miguel de Unamuno, de quien transcribo su poema completo, “Dormirse en el olvido del recuerdo”, que todo el poema es un hermoso oxímoron (como vimos en entradas anteriores, es una figura retórica que consiste en complementar una palabra con otra que tiene un significado contradictorio u opuesto).

¡Dormirse en el olvido del recuerdo,

en el recuerdo del olvido,

y que en el claustro maternal me pierdo

y que en él desnazco perdido!

¡Tú, mi bendito porvenir pasado,

mañana eterno en el ayer;

tú, todo lo que fue ya eternizado,

mi madre, mi hija, mi mujer!

Nota: La imagen corresponde a un collage conocido como “Los autorretratos del Alzheimer”, pintados por William Utermohlen, en una secuencia que va mostrando el avance de supropia enfermedad.

Espero volver a verte por aquí…

EL DOMINGO

El domingo, para muchos el día más lindo de la semana, es al menos el más distinto para la mayoría. Sin embargo, la alegría, el descanso, el tiempo libre, el disfrute se confunden con la angustia que va trayendo el avance de la tarde, y con ella, la proximidad de otra semana ardua que está para comenzar. Este sentimiento queda retratado en el poema XII de mi “Soy el silencio”, que aquí te reproduzco.


Mil soles alumbran la noche del llanto,
sin hallar consuelo entre tanto dolor.

Mil coros entonan un lúgubre canto
que escolta uniforme la voz de un tenor.

Mil manos me cubren con un terso manto
y aun así preciso más hondo calor.

Domingo a la noche, mi angustia no aguanto,
¡Mil sombras gestan obstinado temor!

Este poema tiene una estructura bien diferente al del resto de los incluidos en mi primer libro. Son cuatro estrofas de tan solo dos versos, todos dodecasílabos, y con una rima consonante que se repite en todas las estrofas, tanto para el primer verso como para el último.

Y, al momento de vincular mi poema con el de los maestros, no pude a ceder a la tentación de incluir a dos enormes poetas, que tratan, aunque apenas sea con una mención lateral, al domingo. Herrera y Reissig y Borges, en poemas completos.

El domingo, para los campesinos que retrata Julio Herrera y Reissig en su célebre soneto “La siesta”, es un poco lo opuesto, el día de sufrir las ropas, el descanso que supone el rompimiento a la cotidianeidad de la labor constante.

No late más un único reloj: el campanario,
que cuenta los dichosos hastíos de la aldea,
el cual, al sol de enero, agriamente chispea,
con su aspecto remoto de viejo refractario…

A la puerta, sentado se duerme el boticario…
En la plaza yacente la gallina cloquea
y un tronco de ojaranzo arde en la chimenea,
junto a la cual el cura medita su breviario.

Todo es paz en la casa. Un cielo sin rigores,
bendice las faenas, reparte los sudores…
Madres, hermanas, tías, cantan lavando en rueda

las ropas que el domingo sufren los campesinos…
Y el asno vagabundo que ha entrado en la vereda
huye, soltando coces, de los perros vecinos.

Y otra invocación al domingo y su tedio es la que hace Jorge Luis Borges en su poema “Camden, 1892”, dedicado al poeta neoyorkino Walt Whitman, fallecido en el lugar y año del título del poema. Borges le dedica genialmente una escena de ocio, tedio, cansancio (en este caso dando el calificativo al espejo y no a sí mismo).

Indudablemente el domingo despierta distintas sensaciones y para la mayoría es una pausa.

El olor del café y de los periódicos.
El domingo y su tedio. La mañana
y en la entrevista página esa vana

publicación de versos alegóricos
de un colega feliz. El hombre viejo
está postrado y blanco en su decente
habitación de pobre. Ociosamente
mira su cara en el cansado espejo.
Piensa, ya sin asombro, que esa cara
es él. La distraída mano toca
la turbia barba y saqueada boca.
No está lejos el fin. Su voz declara:
casi no soy, pero mis versos ritman
la vida y su esplendor. Yo fui Walt Whitman.

Nota, la imagen corresponde a la pintura «Domingo aburrido», de Julius Olsson, que se encuentra en la Colección Permanente del James A. Michener Art Museum en Doylestown, Pennsylvania.

Espero volver a verte por aquí.

LA VISIÓN

Los sentidos, simbolizados principalmente a través de la visión, resultan un buen punto de arranque para un poema. La visión no referirá exclusivamente a lo que perciben los ojos, también se puede encontrar en los versos la interior, así como la visión al futuro. La percepción, que supone lo que interpretamos de lo que recibimos por los sentidos, muchas veces se siente engañada. Nuestra mente no siempre encuentra la verdad, los espejismos nos llevan a la confusión. Y con esto volvemos al concepto de la búsqueda, con las herramientas que tenemos y como las percibimos.

Es así como aparece el poema V de mi “Soy el silencio”, que muestra la lucha entre lo aparente y la realidad, una lucha tan común en nuestra vida cotidiana.

Por no ver más allá de mis ojos
se me escapa del hombre su esencia,
y al buscar en la piel su conciencia
yo concibo tan solo despojos.

¡Ay! Montaña de picos nevados
que no enfrían tus blancos eternos,
desde aquí pareces poseernos,
mas el frío se queda a tus lados.

Y si el sol no derrite tu cresta,
aun calcinando en cada verano
cualquiera valle de él más lejano,
¿cómo sigue la nieve su fiesta?

Tan falaz resulta lo aparente,
tan corto de alma, cuerpo y razón,
si la duda no tiene un rincón
donde echar su promiscua simiente.

Arco Iris que engalanas el cielo
de colores que son rebeldía,
al mutar lo gris claro del día
la ilusión de tocarte es mi anhelo.

¿Dónde encuentro tu extremo en la tierra,
si el horizonte lo oculta lejos,
y al pasar otra cuesta, perplejos,
lo vemos arrullando otra sierra?

¿Serán mis ojos? ¿Yo veo o creo?
¿Es la razón buscando en el mundo,
un sentido real y rotundo?
¿La verdad o tan solo el deseo?

Espejismo que guardas distancia,
si no intento acercarme, tú existes,
de placer y sosiego te vistes,
y puedo olfatear tu fragancia.

Y el dilema que surge en torrente,
si buscar la verdad o dejarla,
si aceptar, perseguir o inventarla,
si dejar volar libre a la mente.

Escarbar superficies ya blandas,
ya macizas, mas siempre con fe,
o aceptar la imagen que se dé
sin siquiera tocar sus barandas.

¿Es más feliz el que busca en lo hondo,
o aquél que acepta lo obvio y lo toma?
¿Quien al mundo tornasol se asoma,
o quien sigue hasta llegar al fondo?

Borges, Octavio Paz, Carolina Coronado, Gutierre de Cetina y Nervo, aluden con matices a esta temática. Aquí te comparto unos fragmentos:

“El alquimista”, de Jorge Luis Borges (fragmento)

En su oscura visión de un ser secreto
que se oculta en el astro y en el lodo,
late aquel otro sueño de que todo
es agua, que vio Tales de Mileto.

“A una estrella”, de Carolina Coronado (fragmento)

¿es que mi vista de mortal no alcanza
a percibir desde su oscuro asiento
allá en la altura suma el movimiento
de tu carroza que en lo inmenso avanza?

“La caída II”, de Octavio Paz (fragmento)

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,
niebla de mí, mentira y espejismo:
¿qué soy, sino la sima en que me abismo,
y qué, si no el no ser, lo que me puebla?
el espejo que soy me deshabita:
un caer en mí mismo inacabable
al horror del no ser me precipita.

“En el gozo mayor, en el contento”, de Gutierre de Cetina (Poema completo)

De mayor calidad que se desea,
en el bien que no hay bien que igual le sea,
y en la gloria mayor de mi tormento,
me sale de través un pensamiento,
¡ay dios, qué gran error, qué cosa fea!,
y me hace creer que nos lo crea.
¡Ved cuál queda con esto el sentimiento!
me dice que es ficción, que es una sombra,
cierto disimular, falsa apariencia,
que no viene de amor tales afectos.
Y el alma que de tal visión se asombra,
tanto le amarga al gusto esta dolencia
que apenas siente el bien de estos efectos.

“Viejo estribillo”, de Amado Nervo (fragmento)

¡Oh Señor! La belleza sólo es, pues, espejismo;
nada más Tú eres cierto: ¡Se Tú mi último Dueño!
¿Dónde hallarte, en el éter, en la tierra, en mí mismo?
-Un poquito de ensueño te guiará en cada abismo,
un poquito de ensueño…

Nota: La imagen corresponde a la pintura “Espejismo”, del pintor mejicano Rafael Coronel.

Espero volver a verte por aquí…

LA MÉTRICA

Desde ya te voy pidiendo disculpas. Hoy voy a tocar un tema un poco más técnico y quizás más de uno resulte desilusionado, aunque espero que a otros les interese la propuesta.

La poesía, cumple ciertas reglas, algunas escritas, otras no tanto. Tradicionalmente, los poemas guardaban, casi exclusivamente, reglas de métrica y rima. Desde los albores del siglo pasado, la mayoría de los poemas han sido estructurados en verso libre, lo que no quiere decir libre de reglas. Sin embargo, al encarar el verso libre, el poeta generalmente opta por no guardar, al menos en sentido estricto, la métrica como tal.

La métrica se puede definir como la cantidad de sílabas que tiene un verso.  En general los poemas están escritos en versos que guardan la misma medida, los alejandrinos catorce sílabas, los endecasílabos once, decasílabos, octosílabos y todas las medidas posibles.

Sin embargo, al momento de efectuar el conteo de las sílabas, se toman en cuenta ciertas reglas:

Los diptongos y triptongos, se pueden formar con palabras distintas, es decir que la última sílaba de una palabra terminada en vocal se junta con la primera de la siguiente, si se inicia en vocal, y se cuenta como una sola. Esta unión se llama sinalefa.

En el poema número I de “Soy el silencio”, escrito en versos dodecasílabos, puedes ver el ejemplo de sinalefa:

Soy ese silencio que habita en nosotros,

que aspira en su espera poder expresar

tantas cosas muy simples a amigos y otros

que entiendan mi voz que es tan solo mirar.

En los que las sílabas quedan separadas de la siguiente manera:

Soy/ e/se/ si/len/cio/ que ha/bi/ta en/ no/so/tros,/

que as/pi/ra en/ su es/pe/ra/ po/der/ ex/pre/sar/

tan/tas/co/sas/ muy/ sim/ples/ a a/mi/gos/ y o/tros/

que en/tien/dan/ mi/ voz/ que es/ tan/ so/lo/ mi/rar./

En el primer verso hay sinalefa en “ta en”, en el segundo en “ra en” y “su es”, en el tercero en “a a” y “y o” y en el cuarto en “que en” y “que es”.

Otra regla que podemos apreciar aquí es la sinéresis, por la cual se cuentan como diptongos alguna sucesión de vocales abiertas (en la regla gramática del diptongo la sucesión de sílabas debe contener al menos una vocal cerrada, es decir “i” o “u”). El caso de los primeros versos “ta en” y “ra en” son sinéresis, ya que gramaticalmente la a y la e no conforman un diptongo sino un hiato (ocupan sílabas distintas).

A su vez, puede notarse que, por ser dodecasílabos, los versos deben contener doce sílabas. Sin embargo, en el primer y el tercer verso podemos contar no más que once. Esto se debe a una tercera regla: cuando el verso termina en palabra aguda se cuenta una sílaba más, con lo que se llega a las doce necesarias.

A la inversa, cuando el verso termina en esdrújula o sobreesdrújula se resta uno.

Esto también se puede ejemplificar con el poema XX, que tiene la característica de que  no todos los versos de cada estrofa miden igual.

No pertenezco

a ese sitio que el destino me ubicó,

ni a los lugares que el hombre edificó,

si de rígidas raíces yo carezco.

Como se ve, el segundo y cuarto verso cierran con palabra aguda, por lo que se suma una sílaba más a las contadas:

No/ per/te/nez/co/

a e/se/ si/tio/ que el/ des/ti/no/ me u/bi/có,/

ni a/ los/ lu/ga/res/ que el/ hom/bre e/di/fi/có,/

si/ de/ rí/ gi/ das/ ra/í/ces/ yo/ ca/rez/co./

En este caso el primer verso consta de nueve sílabas y los tres últimos de doce.

También existen excepciones, o formas de “burlar” las reglas, se toman algunas licencias poéticas. Por ejemplo, el poeta puede separar las sinalefas. De hecho, al recitar el poema, intercalar una pausa, aunque mínima, entre las dos palabras que deberían unirse, puede marcar la separación entre ellas.

Y por último, te muestro un caso curioso en la primera estrofa del poema LXVIII,

Mi morada está oscura, vacía y tan fría,

no se escucha una risa ni se huele una flor,

pero es mi morada tan querida, tan mía,

que sólo mis ojos le dibujan color.

En el segundo verso. Se forma un triptongo con el “se hue”, contando de esta manera:

no/ se es/cu/cha u/na/ ri/sa/ ni/ se hue/le u/na/ flor,/

Esto suma las trece sílabas (en este verso doce más una por terminar en aguda) que distinguen a todos los versos del poema. Sin embargo, el conteo también podría separarlas en dos sílabas y no aplicar la sinalefa, basados en que un triptongo no puede tener una sola vocal cerrada, en esta caso la u.

no/ se es/cu/cha u/na/ ri/sa/ ni/ se/ hue/le u/na/ flor,/

con lo que esta forma de conteo excedería la métrica necesitada para concordar con el resto.

Esto mismo sucede con el famoso tango “Confesión”, de Enrique Santos Discépolo, más poeta que compositor.

 El primer verso de este tango dice:

Fue a conciencia pura que perdí tu amor,

Y acá se da el triptongo ya de arranque, en el “fue a”, con el agravante que le imprime una composición musical de la concordancia con la nota musical, por lo que el vocalista debe incluir ese triptongo, quizás forzado, en un solo sonido.

Obviamente hay más reglas métricas, algunas las compartiremos en futuras entradas.

Espero volver a verte por aquí…

LA RUTINA

El quehacer cotidiano, el devenir de la vida, nos puede hacer caer en ese riesgoso letargo que supone la repetición sistemática de nuestros actos y, como dice este poema XLIII de m i poemario “Soy el silencio”, que aquí les presento, “la rutina, inflexible, se abalanza”.

Debajo de mi piel adormecida
yace perenne un gran sueño abortado,
en su sombrío sepulcro un candado
lo condena a bloquear su salida.

El tiempo mismo construye prisiones
por dentro del ser que es todo ilusión,
va tesonero y paciente en su acción,
herrumbrando las rebeldes pasiones.

El recuerdo, en lugar de la esperanza,
la ambición convertida en apatía,
ya está visto lo que antes sorprendía,
la rutina, inflexible, se abalanza.

Y al momento de citar a los clásicos, me quedo con cuatro grandes, Borges, Herrera y Reissig, Bobadilla y Benedetti, quienes, a su manera abordan sus rutinas.

El instante, de Jorge Luis Borges (fragmento):

¿dónde estarán los siglos, dónde el sueño
de espadas que los tártaros soñaron,
dónde los fuertes muros que allanaron,
dónde el árbol de adán y el otro leño?
el presente está solo. La memoria
erige el tiempo. Sucesión y engaño
es la rutina del reloj.

La llavera, de Julio Herrera Reissig (fragmento)

Viste el hábito rancio y habla ronco en voz densa;
sigue un perro la angustia de su sombra benigna;
mascullando sus votos, reverente, consigna
un espectro achacoso de rutina suspensa…

Bélgica, de Emilio Bobadilla (fragmento)

¿Quién de ser amado o de amar se jacta?
¿No es rutina orgánica la función de amores?
¡La luz en el lago viva se refracta
y no hay primavera sin aves ni flores!

Defensa de la alegría, de Mario Benedetti (fragmento)

defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas

Nota: La imagen corresponde a la pintura “Antes del baile de máscaras”, de Beckmann.

Espero volver a verte por aquí…

EL LLANTO

Dentro de tantas emociones y reacciones manejadas en mi poemario “Soy el silencio”, no podía faltar el llanto, característica reacción humana a la tristeza. Les comparto el poema VII del libro, en el que el lamento, el llanto, la frustración están vivamente presentes.

El lamento enclavado en la condena
de vivir como alma en pena,
de sentir la soledad.

Llanto que nunca queda en apariencia,
que acompaña tu existencia
y sigue con terquedad.

Ilusiones, que naciendo en la espera,
no llegaron hasta afuera
y murieron sin edad.

Evasiones venciendo tu paciencia,
rompieron tu resistencia
ocultando la verdad

de saber que la vida hay que vivirla
sin dejarse arrollar por la tristeza,
comprender la mayor es la riqueza
de buscar la verdad, siempre seguirla
.

El poema XII del mismo libro nos traslada a un llanto teñido de angustia, que es la emoción prevalente en estos versos:

Mil soles alumbran la noche del llanto,
sin hallar consuelo entre tanto dolor.

Mil coros entonan un lúgubre canto
que escolta uniforme la voz de un tenor.

Mil manos me cubren con un terso manto
y aun así preciso más hondo calor.

Domingo a la noche, mi angustia no aguanto,
¡Mil sombras gestan obstinado temor!

Y en el esperado recorrido por las alusiones de los maestros, nos encontramos con varias joyas:

“De amor y de discreción” (fragmento), de Sor Juana Inés de la Cruz —

En que satisface un recelo con la retórica del llanto.
Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
como en tu rostro y tus acciones vía
que con palabras no te persuadía,
que el corazón me vieses deseaba;
y amor, que mis intentos ayudaba,
venció lo que imposible parecía:
pues entre el llanto, que el dolor vertía,
el corazón deshecho destilaba.

“Casida del llanto”, (fragmento) de Federico García Lorca,

He cerrado mi balcón
porque no quiero oír el llanto
pero por detrás de los grises muros
no se oye otra cosa que el llanto.

“Quiero escribir y el llanto no me deja”, (fragmento) de Lope de Vega,

Quiero escribir, y el llanto no me deja;
pruebo a llorar, y no descanso tanto;
vuelvo a tomar la pluma, y vuelve el llanto:
todo me impide el bien, todo me aqueja.
Si el llanto dura, el alma se me queja;
si el escribir, mis ojos; y si en tanto
por muerte o por consuelo me levanto,
de entrambos la esperanza se me aleja.

“Laura” (fragmento), de Pedro Calderón de la Barca,

¿Qué género de llanto es sin sosiego
éste, que a tanto incendio no da espanto,
pues al fuego apagar no puede el llanto,
ni al llanto puede consumir el fuego?

“Quiero apoyar mi cabeza”, (fragmento) de Jaime Sabines,

Quiero apoyar mi cabeza
en tus manos, señor.
Señor del humo, sombra,
quiero apoyar mi corazón.
Quiero llorar con mis ojos,
irme en llanto, señor.

“El vampiro” (fragmento), de Delmira Agustini

Y exprimí más, traidora, dulcemente
tu corazón herido mortalmente;
por la cruel daga rara y exquisita
de un mal sin nombre, ¡Hasta sangrarlo en llanto!
y las mil bocas de mi sed maldita
tendí a esa fuente abierta en tu quebranto

¿Por qué fui tu vampiro de amargura?
¿Soy flor o estirpe de una especie oscura
que come llagas y que bebe el llanto?

Nota: La imagen corresponde a “Niño que llora”, pintura del italiano Angelo (Giovanni) Bragolin, más conocido como el pintor maldito.

Espero volver a verte por aquí…

LA CONCIENCIA

La conciencia del ser humano supone la capacidad de reconocer la realidad. Cuando también hay un juicio de valor, que distingue el bien del mal, se puede usar el vocablo consciencia.

Más allá de lo que el concepto involucra en materia de psicología, la conciencia ha sido abordada por los poetas como el saber donde estamos, la noción de lo que nos rodea y el sentir de lo que debemos hacer.

En mi “Soy el silencio”, poema XVIII, se marca la lucha entre la conciencia y la inconsciencia, la prolijidad der la primera, con sus amarras, así como la incertidumbre de la segunda, que supone el escape a esas amarras y, en definitiva, el esfuerzo en la búsqueda del equilibrio entre esas dos fuerzas opuestas.

Aquí les comparto el poema completo,

¡Ay! conciencia, que a gritos alientas
a seguir con el paso prolijo,
tras el rumbo por otros ya fijo,
no me atrevo a decirte: ¡No mientas!

Si me abrigo al amparo mezquino
que me ofreces, obviando mi ser,
la pasión no podré conocer
y seré de mi honor asesino.

Inquilino de otras voluntades,
mi cerebro se exila aguardando
una brecha, para ir derribando
ese muro, que aborta verdades.

Inconsciencia: ¿De dónde surgiste?
¿Cómo fue que tocaste a mi puerta?
Al entrar pisoteaste mi huerta
y una gris desazón esculpiste.

Disfrazada de amiga, tu mano
me propuso un escape celeste,
y al dejar el real mundo agreste
se olvidaron mis penas de plano.

Hoy aquí, descubriendo el chantaje,
no es tan tarde para una promesa:
despejar la maraña que apresa,
aunque deba empeñar mi coraje.

Como los tengo acostumbrados, les comparto algunos tramos de los clásicos, abordando esta temática.

“¡Quién sabe por qué!” (fragmento) de Amado Nervo,

Perdí tu presencia,
pero la hallaré;
pues oculta ciencia
dice a mi conciencia
que en otra existencia
te recobraré.

“El hada verde. canción del bohemio” (fragmento) de Manuel Gutiérrez Nájera,

En las pupilas concupiscencia;
juego en la mesa donde se pierde
con el dinero, vida y conciencia,
en nuestras copas, eres demencia
¡oh, musa verde!

“La soledad” (fragmento) de Idea Vilariño

Esta limitación esta barrera
esta separación
esta soledad la conciencia
la efímera gratuita cerrada
ensimismada conciencia
esta conciencia
existiendo nombrándose
fulgurando un instante
en la nada absoluta
en la noche absoluta
en el vacío.

“Crepúsculos de la ciudad VI” (fragmento) de Octavio Paz

Hacia mí mismo voy; hacia las mudas,
solitarias fronteras sin salida:
duras aguas, opacas y desnudas,
horadan lentamente mi conciencia
y van abriendo en mí secreta herida,
que mana sólo, estéril, impaciencia.

“¡Oh lentitud del mar!” (fragmento) de Julia de Burgos

He tenido que dar, multiplicarme,
despedazarme en órbitas complejas…
Aquí en la intimidad, conmigo misma,
¡qué sencillez me rompe la conciencia!

“El teatro de los humildes” (fragmento) de Julio Herrera Reissig

Un vaho de infinita guturación salvaje,
de abstracta disonancia, remota a la sordina…
La noche dulcemente sonríe ante el villaje
como una buena muerte a una conciencia albina.

“La vida de la muerte” (fragmento) de Miguel de Unamuno

Oir llover no más, sentirme vivo;
el universo convertido en bruma
y encima mi conciencia como espuma
en que el pausado gotear recibo.

La imagen corresponde a “El despertar de la conciencia”, de William Holman Hunt, del museo Tate Britain de Londres.

Espero volver a verte por aquí…